¿y luego que?

¿Y luego qué?

Me llamo Iris, tengo 26 años y en mi casa somos muy valientes o muy inconscientes, depende de por donde se mire. Mi pareja tiene claro que lo suyo es la sanidad, y yo siento el ámbito social correr por las venas.

He trabajado durante 7 años en una residencia y conozco las luces y sombras del sector. Ahora hace poco más de un año que decidí dejar mi trabajo para seguir estudiando, recuerdo decirle a la directora del centro que plegaba del sector. No le extrañó.

Le dedico este texto a todas y cada una de mis compañeras. A las que me vieron crecer, a las que dedicaron horas creando proyectos de negocio conmigo, a las que compartieron cigarros antes y después de entrar a trabajar, a las que tan solo pasaron y se fueron. A mi prima Zoraida que no encuentra el momento de dejarlo y a mi pareja. Sin su apoyo no podría estar haciendo camino.


¿Y luego qué?

¿Qué pasará cuando ya no haya a nadie a quien salvar del Covid-19? ¿Qué pasará cuando los héroes vuelvan a perseguir balones y no a vestir batas blancas? ¿Qué será de esas personas a las que ahora les dedicamos aplausos multitudinarios? ¿Qué ocurrirá con todas esas personas que se han sacrificado para cuidar de nuestros abuelos y abuelas?

Hablan en los medios de una “nueva normalidad”, me pregunto dónde dejará esta al personal social y sanitario. De momento, y a los hechos del gobierno de la comunidad de Madrid me remito, se vaticina “una nueva normalidad” que aparte de las recientes secuelas físicas y psíquicas poco tendrá de nuevo para estos sectores, sus profesionales y sus familias.

“Su trabajo es vocacional” dirán algunos, pero de vocación no se vive ni se come. Nadie vive con 900 euros al mes a 160 horas mensuales cuidando de nuestras personas dependientes. A nadie la vocación le compensa las nochebuenas sin familia.

Nos hemos hartado de agradecer, nos hemos dejado las palmas de las manos en aplausos, la voz en conciertos vecinales cantando todos al unísono nuevas versiones de “Resistiré”. ¿Sería tanto pedir prolongar esa unión haciéndola irrompible para así, luchar ahora todos nosotros por ellos? No hay que vestirse con mascarillas, gafas, ni monos impermeables. No hace falta que salgamos 12 horas de casa, ni que nos confinemos sin ver a la familia durante meses. Basta con que nos acordemos de ellos la próxima vez que se hable de recortes, de privatización y de manifestaciones sociales y sanitarias. Basta con tener memoria para recordar en lo que hay que invertir y en lo que se vuelve imprescindible cuando ocurre lo impensable. Basta con que hagamos un poco nuestra su realidad, que al fin y al cabo, también nos afecta.

Cuando lleguen las noches de verano con familia y amigos, las cenas y comidas de navidad o fin de año… Cuando todo eso llegue, ellos seguirán con su vocación a hombros. Se merecen y se han merecido siempre que no los dejemos solos.


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